COLUMNASINNOMBRE
Pablo Jair Ortega
Luego de que Petróleos Mexicanos reconociera —en voz de su director general Víctor Rodríguez Padilla— que la causa del derrame en el Golfo de México que afectó costas veracruzanas fue por una tremenda fuga en un oleoducto submarino de la paraestatal, sólo queda decir una cosa: el director general se tiene que ir y con un castigo ejemplar que mínimo debe ser unos años en el bote.
¿Por qué? Por la sencilla razón de que engañó a la presidenta Claudia Sheinbaum y fue hasta que entró al quite un grupo interdisciplinario cuando no pudo sostener la mentira de que había sido un barco privado el que ocasionó el derrame; información que también compartió con mandatarios estatales.
Pero Rodríguez Padilla, al parecer, esperó a que el asunto se calmara o se fuese perdiendo con el paso de los días, pero no contaba con que el derrame se descontroló y se esparció en las costas de Tabasco y Veracruz, justo días antes del periodo vacacional de Semana Santa.
O sea, de por sí la magnitud del derrame y no pudo haber sido peor el momento…
Pero el director de Pemex nadó de a muertito en el hidrocarburo regado, así con cara de “a mi no me vean; ya les dije que fue un barco misterioso y las chapopoteras naturales”. Nadie estaba viendo a Petróleos Mexicanos porque se supone que todo era culpa de un barco.
El tema, como ya se vio, se usó para golpeteo político (como si Veracruz hubiese sido el responsable) y se hizo un campaña negativa para afectar a la industria turística en el periodo vacacional; aún así se notó la presencia de cientos de miles de turistas y vacacionistas en playas veracruzanas: más de un millón 200 mil.
Pero lo más destacado fue el despliegue entre sociedad civil y autoridades de todos los niveles para la limpieza de playas: la regazón de Pemex puso en riesgo mucho para Veracruz por una negligencia y una información de mala leche.
De entrada, era lógico que todo lo relacionado con el petróleo tiene que pasar —awebo, que quiere decir “a fuerzas”— por Pemex, porque es la empresa del estado que tiene el control de dicha industria. Si bien hay compañías privadas explorando o trabajando por su parte, sería muy irresponsable por parte de Petróleos Mexicanos desentenderse de dichas actividades y no vigilar cómo se supone debe hacer, ya que es una industria donde hay vidas en alto riesgo y se trata de un sector estratégico para la economía del país.
Pero todo este relajo, creo, es debido a la cómoda posición de los directivos que cobran jugosos salarios y no conocen la industria; ni siquiera se paran por todas las instalaciones petroleras para supervisar constantemente.
Un ejemplo: durante años, los directivos de Pemex Petroquímica se la han pasado muy cómodamente desde sus oficinas en la Ciudad de México, cuando se supone que deben estar en Coatzacoalcos, en el llamado edificio inteligente, rumbo a la salida hacia Canticas.
Otro dato para recordar: de las tantas promesas en campaña del presidente Andrés Manuel López Obrador —al parecer, nadie se acuerda— era que las dependencias serían repartidas por todo el país. Quizás era una idea descabellada, porque hay oficinas estratégicas que deben permanecer en la Ciudad de México, pero hay otras que quizás no y una de esas era Pemex, que se supone sería trasladada al estado de Tabasco (aquí en Veracruz se supone que está la sede nacional de la Comisión Nacional del Agua).
La “llegada” de Pemex a Tabasco no sólo era estratégica, pues aparte de tener una ciudad con muchos servicios como Villahermosa (aeropuerto con varios vuelos, hoteles, conectado por carretera en una región del país muy vinculada a la industria petrolera), tendría como insignia a la refinería más nueva: la de Dos Bocas.
Pero hasta donde se sabe, Pemex sigue en la Ciudad de México y se duda mucho que el director ande en “Villa” comiendo tortuga, bailando cumbia lacandona y bebiendo pozol.
Si bien el tal Rodríguez Padilla ya admitió que Pemex fue el responsable del derrame y que hasta ya separó de sus cargos a tres altos directivos por mentirle, la realidad es que esto muestra que al alto mando no lo respetan y le pueden ver la cara muchos. Que no tiene gente que realmente le informa las cosas como son y se fía de funcionarios que seguramente le han mentido otras veces.
O sea, una de las reglas básicas de la política (como en el periodismo) es la confirmación. No conozco a ningún buen político que antes de creer toda una versión que le cuenten los achichincles, pregunte en varias fuentes para tener un panorama e información más completa…
Pero Rodríguez Padilla ni siquiera despegó el tafanario del escritorio para ir a sobrevolar la zona.
La realidad es que le vieron la cara al director de Pemex y este se la tragó completa y cruda; por consiguiente, es coautor del engaño fabricado para que a Petróleos Mexicanos no le tocara el escándalo mediático y dejar que todos los ataques cayeran a la presidenta e incluso a la gobernadora Rocío Nahle, de quien se supone es amigo.
Al final de cuentas, Pemex ya aceptó su responsabilidad, pero fue porque hubo un grupo de varios expertos de todas las dependencias lo que obligó al alto funcionario a dar la cara que tenía escondida en el chapopote. Y esto no debe quedar ahí: tiene que haber sanciones ejemplares que manden el mensaje de que la flojera, la negligencia o la mala leche tienen que ser castigados, porque al rato va a resultar que tienen el enemigo adentro, saboteando en casa, y no se dan cuenta los jefes de las travesuras de sus subordinados.
